Blog del Hotel Sancho Abarca **** Huesca
Blog Hotel Sancho Abarca ****

ABRIL

Jueves, día 7 de abril · 20:45 horas

JUEVES DE CINE EN EL OLIMPIA

proyección de la película

EL DIOS DE MADERA de Vicente Molina

Cine de autor en castellano.

Sábado, día 9 de abril · 20:30 horas

CABARÉ DE CARICIA Y PUNTAPIÉ (Teatro musical)

Premio MAX a mejor espectáculo de teatro musical 2010

Doris Vian y Boris Vian presentan un espectáculo

de la compañía de teatro El Gato Negro. Con Carmen Barrantes y Jorge Usón

Viernes, día 15 de abril · 20:30 horas

O´CÁROLAN EN CONCIERTO (Música Folk//Celta)

El grupo, acompañado del Cuarteto de Cuerdas “Concuerda”,

presenta su nuevo disco Nota de Paso.

Música tradicional, celta, folk…

Jueves, día 28 de abril · 20:45 horas

JUEVES DE CINE EN EL OLIMPIA

proyección de la película

LA ESCARCHA de Ferrán Audí

Cine de autor en castellano.

MAYO

Domingo, día 8 de mayo · 2 sesiones: 19 y 22 horas

LA CENA DE LOS IDIOTAS (Teatro)

Josema Yuste, Féliz Álvarez “Felisuco” y Agustín Jiménez presentan esta divertida adaptación teatral de la película del mismo nombre.

Sábado, día 28 de mayo · 20:30 horas

EL EXTRAÑO VIAJE (Teatro)

La versión teatral de la película de culto de Fernando Fernán Gómez, con idea original de Luis García Berlanga.

Protagonizada por Victor Ullate Roche, Guillermo Montesinos, Juana Cordero, Ana Villa, Juana Andueza y Mar del Hoyo.

JUNIO

Sábado, día 25 de junio · 20:30 horas

NO VENGAS SOLO: ANTHONY BLAKE (Magia)

El genial mago y mentalista Anthony Blake visita por primera vez Huesca con su nuevo espectáculo de magia: “No vengas solo”

ABONOS: del 21 al 25 de marzo, taquillas del Teatro Olimpia

ENTRADAS: a partir del lunes 28 de marzo

Semana Santa Huesca

Posted by Roberto Pac in Huesca | Semana Santa - (0 Comments)

Este Año la Semana Santa Oscense se presenta con novedades:

- Recuperación de la procesión de la Entrada de Jesús en Jerusalén, que se celebraba el Domingo de Ramos. Esta procesión está  organizada por la Cofradía de San José y Santa Ana. El último año que salió fue el año 1977. Saldrá el domingo 17 de abril a las 11:30 horas de la plaza de la Catedral de Huesca.

- Sonidos de la Semana Santa de Huesca. Este año, como novedad se han organizado unos actos a cargo de las bandas de tambores y bombos de las cofradías oscenses para llevar los sonidos por la capital oscense y los municipios incorporados

- Retiro cofrade el 26 de marzo.

- Varios actos con motivo de la celebración del 50 aniversario de la Cofradía del Santo Cristo de la Esperanza.

- Misa Gitana de Dolor el 8 de abril a las 19 horas en la Catedral.

Podeis ver el programa completo aquí:

Novela Narrativa Aragonesa:
“El Cofre del Molino”

Autor: Roberto Pac

CÁPITULO 4 – “El Francés”

Estamos frente a frente en silencio, ese silencio que siempre he odiado. La familia callada, quizá esperando los reproches del patriarca, o quizá esperando lágrimas de entereza por perdonar.

Sigue el silencio, sólo roto por el atrevimiento de los chasquidos del hogar, que de vez en cuando lanza dardos luminosos como flechas a la vieja cadiera de la cocina.

Observo a mi padre con la cabeza baja, el cigarrillo de cuarterón apoyado en sus labios, las manos moverse nerviosas quebradas de contar el tiempo. De vez en cuando sale de su garganta un suspiro, ese lamento desgarrador de los jueces del Somontano que nunca quisieron sentenciar veredictos, ya que nunca quisieron ver la realidad.

Por fin, en estos segundos tan largos del silencio, levanta su cabeza, mueve instintivamente la boina y nuestras miradas se encuentran, sin pestañear un ápice para decirme:

- O sea que, ¿ya estás aquí?
- Si padre. – contesto.

Vuelve el silencio.

¡Maldito silencio! – pienso.

Pasan otros segundos, para preguntarme nuevamente:

-¿Qué ha sido de tu vida desde que te fuiste?
- Pues, por allí – respondo entrecortado -. Intentando ganarme la vida, sobreviviendo con mis recuerdos y soñando durante todos estos años con mi vuelta para estar con la familia.
- Así que ¿eres poeta? ¡Ridiez! Si ya lo decía yo, que tú de letras sabías un montón… aunque aquí de poco te sirvió.

Empiezo a reírme de la ironía socarrona de mi padre, parco en palabras aunque sentenciosas, que me hacen recordar mi niñez, como cuando me lanzaba frases tipo “a ver si te espabilas, que se te van a comer los mocos”, para posteriormente apuntillar “si tu espabilado ya eres, que sé que encorres por el lugar a las niñas y que te ven observar en el soto a las parejas acurrucadas en la oscuridad”.

El hielo se ha roto. Noto a mi padre más contento. Ya no mueve los dedos compulsivamente y sus manos han dejado en paz la boina. Noto su mirada nuevamente en mis ojos. Su mirada. Su mirada tantas veces recordada en mi exilio. Pero esta vez hay algo especial en ella, “el perdón”. Mantiene sus ojos clavados en los míos con silencio, mientras una lágrima empieza a salir de sus cuencas cargadas de rocío esperado. Me levanto, tropiezo con una silla y me abalanzo hacia él, con los brazos abiertos para fundirme en un abrazo cargado de emoción y dejando mis dudas y las de él, olvidadas en el baúl de los recuerdos.

Me he acostado en la cama. Estoy muy cansado de tantas emociones vividas a lo largo del día. Pienso que no voy a querer levantarme hasta mañana. Me regodeo en el colchón de lana mullida, tantas veces vareado al aire y perfumado, me imagino, por las manos de mi hermana, esta hermana que siempre quiso saber de mí hasta que me encontró, para ser el puente de unión del exilio con mi pueblo, con mi familia, con ella misma.

-¡Ay mi hermana! ¡Cuánto te he hecho sufrir! Daría mi vida por borrar de un plumazo la espera de tantos años.

Huele mi ropa
a tomillo y azahar
y mi aliento,
perfumado lo tengo
de amor contenido.

Desprende mi boca
palabras y palabras
y mi sonido
acariciado lo sostengo
de bravío enloquecido.

Siento mis venas,
dulces y aromatizadas,
pues regar quieren,
tu embriagador cariño
de diario pergamino.

Vuelvo a leer nuevamente mis cartas de amor, pues quiero volar de la mano con mi Marieta como la noche anterior, por barrancos y montañas, senderos y caminos, por las calles de este lugar, por los placeres de los sueños…

>> Leer el resto de la Novela Aragonesa “El Cofre del Molino”

Novela Narrativa Aragonesa:
“El Cofre del Molino”

Autor: Roberto Pac

CÁPITULO 3 – “El Francés”

Está amaneciendo. La luz quiere entrar en la alcoba anunciando el nuevo día, entre el cantar de los pájaros y el olor a leña quemada de carrasca y aliagas, avivada por esas manos encallecidas de soportar del tiempo. Siento pereza y temor de salir a la calle por notar las miradas, esas miradas de incomprensión. Quizá no son más que fantasmas en mi memoria, que revolotean sin cesar como mariposas blancas y negras compitiendo con el alimento del perdón y el olvido (si es que se pueden olvidar los sentimientos con el tiempo).

Imagino que la noticia de mi llegada ha corrido como la pólvora por el lugar, a través de las ventanas de la noche, esas ventanas de los pueblos del Somontano que siempre están cerradas cuando el sol pretende descansar, pero que tienen ojos para escudriñar la llegada del viajero. A veces pienso que es el miedo por lo que las han mantenido siempre cerradas al atardecer, por pasar desapercibidas en esas largas noches de temores y angustias vividas.

No he querido desayunar. Sólo quiero alimentarme del sol y el aire, de los aromas de esta tierra tantas veces recordados en mi exilio. Con temor he abierto la puerta de madera, dejando herido mi oído por el chirrido ronco de su desperezar en la mañana. He respirado hondo y he sentido un nuevo día de mi existencia.

- ¡Buenos días!

- ¡Vaya Vd. con Dios!

- Así que ¿has vuelto? ¡Cuánto me alegro!

- ¿Vas a estar mucho tiempo entre nosotros?

- Tenemos que hablar un día de estos

Frases hechas de un vocabulario social o, palabras sentidas sacadas de lo más hondo de sus corazones. Aún a pesar de todo, me siento alegre y avergonzado a la vez y me pregunto el por qué de estas contradicciones. Otro grupo más adelante me niega el saludo, cuchicheando a mis espaldas, lo cual me hace sentir mal. Me hace recordar sentimientos de culpabilidad, aunque en el fondo ni creé situaciones ni quise tomar decisiones en ningún momento. Pero la historia no podemos dejarla atrás ni olvidarla, acaso tenerla en nuestros pensamientos pero para perdonar, en un bando o en el otro, porque el perdón forma parte de la vida para no tropezar nuevamente en la misma piedra.

Tantas emociones me están embargando. Busco un sitio para sentarme a la salida del pueblo, un sitio donde presenciar el hacer cotidiano de estas gentes, un lugar para que mi figura quede a la vista de todo el mundo, un lugar donde no pueda esconderme y que vean que ya he vuelto. El poeta exiliado en su juventud.

Sonrío en la alegre mañana

cuando las aves despiertan

la sonrisa del sol.

Desafío la mojadura

de noche llorosa

con radiante firmamento.

Me siento vivo y pensativo

en este amanecer.

Bajo mi piel morena

lentamente corre

la savia de mi corazón.

Mi mirar

deja entrever la soledad

que inunda mi vida.

Me falta espacio

en esta constelación

por expresar sentimientos,

tan pesados

como piedras de mármol.

Cierro mis puños y,

mis muelas las dejo a su juicio,

pues tiembla

mi carne trémula

en el banco corroído

de mis melancolías.

Y sin embargo, sonrío.

Y sin embargo, busco

el amanecer tardío.

Oigo revolotear

golondrinas y vencejos,

con sus gritos de alegría

en las mañanas

de vencidas sombras.

Oigo los cantos

de fornidos hombres

partir al campo

entre sudores de frío.

Percibo el lamentar

de bestias adormecidas

laceradas por golpes

despertados de amor.

¡Déjame pena!

déjame sentir la brisa

del amanecer,

pues

siento celos

del cantar de las aves.

¡Aléjate pena!

y déjame vivir,

pues quiero percibir

el olor de la hierba

mojada de la mañana.

Y sin embargo, sonrío.

Y sin embargo, quiero vivir

alegre como ruiseñor

orquestado en el horizonte.

Empieza a calentar el sol de la mañana. Me he quedado sólo, envuelto en el silencio únicamente roto por el ir y venir de los gorriones y las primerizas golondrinas, que cada año vienen a anidar en los patios frescos del pueblo. A veces percibo las horas deslizarse en el campanario con su sonido monótono y estridente, dejando un hueco en mis pensamientos, mientras mi vista vaga perdida en la Sierra de Guara que se empieza a vestir de amarillo en la primavera.

A lo lejos, como campanillas de cielo, escucho las esquilas de las ovejas moverse embrujadas, buscando la sombra de las carrascas, mientras me imagino al pastor tumbado debajo de una higuera esperando pasar los primeros calores del Somontano. Intento no mirar allá donde duermen voluntades y deseos ocultos, entre los olivos alineados del horizonte como fieles guardianes de tan largos años. Pero mis ojos me quieren traicionar, así que me levanto para volver a mi hogar.

Tengo una cita. He de hablar con mi padre, cansado de esperar tantos años, tantos días, tantas noches de vigilia mirando a través del ventanuco de la cocina hacia la Calle Mayor, esperando mi retorno para acallar esas conversaciones que siempre le hirieron su corazón enfermo de dudas.

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Novela Narrativa Aragonesa:
“El Cofre del Molino”

Autor: Roberto Pac

CÁPITULO 2 – “El Francés”

Después de apearme en la terminal de la estación, cojo rápidamente el autobús que me va a llevar al pueblo, con nerviosismo, pues el final de trayecto está cercano. Empiezo a ver mi tierra, mientras el sol comienza a deslizarse por el día para dejar hueco a la noche. Siento aromas de primavera, aun con los cristales cerrados, como si fueran rejas de una prisión imaginaria. Observo Guara de frente, entre olivos y carrascas; diviso el pico Gratal, adormecido del día; siento el Salto del Roldán mirarme sin complejos para indicarme el camino, extendiendo su mano para dar el gran salto de mi vida, el de mis vivencias.

Novela Cofre del Molino

Cada vez me siento más cerca. Cada vez me siento más inquieto, entre curvas y barrancos que surcan la carretera. Está oscureciendo y por fin, aparece mi hogar en la lejanía, tantas veces soñado en mi exilio con su guardián en lo alto: la torre de la iglesia vigilada por la sierra de Guara al fondo.

En este universo hay sitios paradisíacos. Medito. Pero ante esta visión, tiemblo de emoción por su belleza: hay pocos lugares tan bellos en la faz de la tierra. Mi Somontano querido. Lo tengo en la palma de mis manos, tantas veces deseado y buscado en mi memoria. Me parece tan irreal este instante y me embargan tantas emociones, que es difícil digerir el momento que estoy viviendo.

Le pido al conductor que me apee antes de llegar a mi destino, ya que quiero entrar de noche, como cuando salí aquel día en que truncaron mis ilusiones, pues quiero desandar el camino tantas veces soñado en mis largas noches de vigilia.

Mientras observo el autobús alejarse con su ruido monótono acompañado de pocos viajeros, tan inmóviles como enterrados en sus pensamientos, empiezo a sentir el silencio de la noche, ya que quedan pocos minutos para escuchar la gran orquesta de estas tierras. Me siento al pie de la carretera con las cuencas de mis ojos cargadas de agua, ese agua con sabor salino y agridulce de mis años, que tantas veces se han deslizado por mi cara buscando el vientre de este valle en mi imaginación exiliada.

Estoy cansado de tan largo viaje, mis piernas pesan como losas de mármol, pero creo que ha merecido la pena tomar esta decisión. No debía esperar mucho más tiempo pero debo caminar, ya que la noche está dejando su manta oscura extendida como un sudario sobre los campos cargados de carrascas.

Miro al cielo inmenso. Todo igual, nada se ha movido en el espacio oscuro, Sólo veo estrellas y más estrellas. Aquellas noches que cuando subía a los pajares de encima del pueblo me lanzaban guiños de complicidad al apretarnos las manos infantiles de nuestros primeros amores, aquellas que dejaron una noche de brillar a lomos de negros nubarrones, éstas que hoy me reciben con los brazos abiertos y lanzan sus emisarios en forma de vientos cargado de aromas impregnados de tomillo y aliagas para deleite de mis sentidos. Este espectáculo me hace recordar un poema que escribí hace mucho tiempo.

Hubo un día
que empezó a despertar
en mi la adolescencia.

Esperaba
el oscurecer de la noche,
para albergar
en mi mente adolescente
amores tan platónicos,
que el pasar del tiempo
se me hacia corto.

Miraba con tesón
el techo luminoso
con los brazos en cruz,
vértigos y mareos
me acompañaban
de la mano del firmamento.

Cantos de grillos
sin descanso,
deleitaban mis sentidos,
mochuelos y lechuzas,
se unían orquestadas,
en largas sinfonías de placeres.

Abundaba tanta inocencia en mí,
que miedo sentía
de hacerme mayor,
por no poder rememorar
aquellos momentos vividos
en el pajar de mi era.

Pero la vida da muchas vueltas. Han vuelto a mí esos recuerdos. Quizá debía haber omitido los últimos versos, pues aquí me encuentro al pie de las eras de mi pueblo, con una maleta cargada de deseos y con el miedo invadiendo mi cuerpo.

¿A qué tengo miedo? – me pregunto, pues un escalofrío recorre mi espina dorsal. Es inevitable esta sensación al encarar la calle mayor, cuando notas los ojos luminosos de las farolas vigilar la entrada a todo viajero que ha quedado apeado en su última estación. Ahora noto más el silencio, roto a veces por el maullar de los gatos. Me pregunto cómo debo llamar a la puerta, si con la cabeza baja o alta. Es una situación extraña la que vivo en estos momentos, de alegría y angustia a la vez, pero debo golpear con mi mano segura y firme, mirando al cielo no al suelo, como cuando salí del lugar hace mucho tiempo gritando: ¡Volveré algún día!

- ¿Quién es? – Oigo gritar en la casa. – ¿Pero quién llamará a estas horas?

- ¡Mujer! , mira por la ventana antes de bajar – escucho otra voz más lejana.

Las piernas me tiemblan, mi corazón late acelerado, siento que me voy a desmayar. Percibo segundos tan largos que mi vida empieza a recorrer vertiginosamente a través de mi cerebro, recuerdos como puñaladas, sensaciones difíciles de plasmar, momentos alegres, jinetes cabalgando a través de mi memoria que van y vienen con noticias de mi pueblo a lo largo de tantos años, por dejar la duda en mi mente de los sucesos acontecidos, hasta que por fin oigo el rechinar de una ventana en lo alto de la casa. Un rostro que no distingo muy bien me dice:

- ¿Qué quiere Vd.?

- ¿No me conoces? – contesté

Y vuelve otra vez el silencio. Ese silencio que tantas veces he odiado y sentido a lo largo de mi vida, ese silencio por callar, ese silencio, ese silencio de estas personas cansadas de sufrir y de esperar. Los segundos pasan, quizá minutos, pero ¿qué es el tiempo en la inmensidad de los años? Nada, un espacio del reloj entre saeta y saeta para marcar el momento exacto del reencuentro fraternal…

Noto bajar apresuradamente los peldaños, a trompicones, como se dice por estas tierras, oyendo repetidamente:

- ¡Ay Dios mío! ¡Que ya está aquí!

- Cálmate mujer, que te va a dar algo.- exclama la otra voz.

Hasta que por fin se abre la puerta y nuestras miradas quedan mudas de palabras. No sabemos qué decir. Sólo sé que las lágrimas empiezan a dialogar y que nuestros corazones se dan un beso de hermanos en esta noche estrellada de primavera mirando al techo luminoso, entrelazando nuestras manos con sentimientos de paz esperada ante el atento mirar de la familia y en especial la de mi padre. Esa mirada que nunca olvidaré, entre el escepticismo y la realidad de ver nuevamente al hijo pródigo que partió sin saber a dónde, ni a qué lugar. Simplemente desapareció aquel día que los nacionales entraron en el pueblo.

La alegría se ha juntado con la sorpresa de mi llegada inesperada. Nos observamos todos, nos miramos a los ojos. El tiempo ha dejado huella en nuestros rostros curtidos por los vaivenes de la vida -pienso-. Todos hemos cambiado, menos nuestros corazones y sentimientos que se han mantenido intactos durante todo estos años. Pero hay algo más hermoso que el reencuentro con la familia después de tantos años. Pocas cosas en este mundo te pueden dar más alegrías que este momento.

Todo son preguntas. Las palabras salen a borbotones sin un guión establecido. Los más pequeños, incrédulos ante tal situación, sólo hacen que mirar, intentando recomponer en su memoria tantas conversaciones sobre mi persona, su tío, que se fue hace ya mucho tiempo. Preguntas y más preguntas recíprocas chocan en el aire, excepto las de mi padre, que desde un rincón de la cocina sentado en la cadiera observa el fuego, en silencio, escuchando mientras mueve su cabeza de un lado a otro, como un juez del Somontano cargado de sentencias.

Me imagino cuántas veces habrá atizado la lumbre del hogar ensimismado en sus pensamientos, dejando salir un suspiro de vez en cuando, cargado de tristeza y melancolía, por no saber nada de mí, más que lo justo, ya que las circunstancias no daban para más comunicación.

Mi mirada sólo hace que recorrer todos los rincones del calor de la cocina, todo igual, como siempre había soñado. El hogar cargado de leña, el agua caliente en el caldero, la negrura de las paredes acentuada en la noche, el ventano, ¡ay mi ventano! cuántas veces te he recordado desde mi exilio. La familia alrededor de las llamas, el olor de la carrasca al quemarse, el chisporroteo de las aliagas en el fuego, todos mis recuerdos abandonados sin piedad ni compasión.

No quise acostarme sin recorrer la casa de abajo a arriba, buscando en todos los rincones mis nostalgias, dejándome llevar por mis pasos hasta la falsa como si estuviera embrujado. Ese reducto personal de sueños e ilusiones de mi juventud, para deleitarme entre esas cuatros paredes, que parecieran que no había pasado el tiempo, para abrir el baúl que mantenían cerrado hasta mi vuelta, ese baúl que me pertenecía y que se encontraba en la penumbra durmiendo entre el polvo de la falsa.

Volví a mi pueblo,
y se abrió
la puerta de mis recuerdos,
el patio me recibió
como siempre había soñado.
Subí los peldaños
entre crujir de maderas
sedientas de mis pasos
olvidados de exilio.
Todo igual,
hogar esperado,
paredes negras,
alcobas repletas
de amores contenidos.

Subí más peldaños,
la falsa,
mudo testigo de mis vivencias,
me esperaba hace ya
mucho tiempo.

Y ahí encontré
nuevamente
las cartas de amor,
en el baúl de los recuerdos
que un día olvide
en mi huir precipitado.

Esa noche dormí abrazado entre mis cartas de amor, intentando no romper esas flores secas llenas de vida y de esperanza por un mundo mejor: las de mi Marieta.

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